En Campaña Todo Vale (The Campaign) es una comedia gamberra sobre la guerra sucia de la política en Estados Unidos. Repleta de impactantes gags y golpes de efecto visuales, la despiadada batalla entre dos aspirantes al Congreso de E.E.U.U. por el estado de Carolina del Norte, el demócrata Cam Brady (Will Ferrell) y el republicano (Marty Huggins), sirve de excusa para poner en evidencia las lacras del sistema democrático estadounidense y retratar al tipo de gentuza que compone su sistema político, desde los magnates que financian las campañas hasta los propios candidatos, cuyo nivel ético y moral es, simplemente, inexistente.
Vaya por delante que la película está producida y dirigida por Jay Roach, director de la saga de Austin Powers, y responsable de la de Los padres de ella, por lo que el humor ácido, directo, negro, escatológico y siempre humillante para sus protagonistas, está garantizado. Y esta vez, en un par de gags que justifican por si solos el precio de la entrada, no se salvan ni los bebés ni el perro de la oscarizada The Artist.
Encabeza el reparto un Zach Galifianakis que interpreta espléndidamente al candidato Marty Huggins, recién llegado a esa lucha en el barro sin reglas que es la política. Galifianakis se afeita su distintiva barba pelirroja para encarnar a un ingenuo, estrambótico y pacífico padre de familia, despreciado por su padre (Brian Cox), un potentado al viejo estilo sureño-fascista de Estados Unidos. Pensando que Huggins será fácil de manipular, los hermanos Molch (los inconmensurables Dan Aykroyd y John Lithgow) le eligen para ser el candidato que gane las elecciones y favorezca sus intereses.
Galifianakis retoma un papel similar, por lo apocado y estrafalario del personaje, al de las divertidas “Resacón en… “ (de la cual, por cierto, prepara la tercera parte) que le han lanzado al estrellato. La diferencia esta vez será que su personaje cambia y se transforma. Cae y se levanta. Es el héroe norteamericano que hace frente al sistema, a pesar de los pesares. Y el bueno de Zach está a la altura del desafío en todo momento.
En frente, y también como productor del film, está el peso pesado de la comedia Will Ferrell, encarnando a Cam Brady, un prepotente y corrupto congresista, que da por seguro su victoria en estas elecciones dado que lleva cinco legislaturas sin tener ningún oponente. Hasta entonces le apoyaban los hermanos Molch pero, después de un escándalo sexual, éstos le retiran su apoyo para dárselo a Marty Huggins (Galifianakis).
Ferrell es uno de los mejores cómicos estadounidenses de los últimos años salido, al igual que Dan Aykroyd, de la fértil y combativa cantera del mítico Saturday Night Live, donde estuvo ni más ni menos que siete temporadas. Su personaje de Cam Brady en esta película es un traje hecho a su medida, y Ferrell lo luce a la perfección. Desde el comienzo de la cinta sentimos simpatía por este político cabrón que sólo piensa en el sexo y en si mismo, y que no se ha dado cuenta todavía de su propio y patético fracaso vital. La rivalidad con el ingenuo Huggins sacará lo peor de él, arrastránolo a una espiral psicótica de sabotaje de la vida de su oponente en la lucha por ganar puntos en las encuestas.
Cierran el reparto de cómicos el genial Dan Aykroyd, el primer actor masculino fijo en plantilla del Saturday Night Live entre 1975 y 1980, guionista del mismo y creador de Los Cazafantasmas y los Blues Brothers; y el oscarizado John Lithgow, quien frecuenta tanto la televisión (Cosas de marcianos, Dexter, o el padre de Barney Stinson en Como conocía a vuestra madre), como el cine (es, por ejemplo, la voz del malo de Shrek, Lord Farquaad).
Los personajes que interpretan, los hermanos Molch, representan a los “mercados”, la bestia negra capitalista que mantiene en jaque a la economía mundial. En una hilarante secuencia, vemos cómo visitan sus fábricas en China, en la que niños pequeños cortan materiales con tijeras gigantes, o remueven calderos con sustancias humeantes de color verde radiactivo. Estos dos, desde sus sofás de piel, y mientras fuman largos puros, deciden el destino de los humildes, empezando por el del pobre Marty Huggins (Galifianakis), a quien usarán para cambiar las leyes a su antojo buscando su propio beneficio. En concreto quieren alterar las leyes de salarios mínimos y de impacto ambiental para instalar en Carolina del Norte un sistema de producción esclavista con trabajadores chinos, y así poder no ya duplicar, sino cuadriplicar, sus pingües beneficios. Tal cual Sheldom Adelson y su Eurovegas madrileño, vamos.
¿Y cómo convertir a un apacible y blando hombre de familia como Martin Huggins (Galifianakis) en un duro e implacable aspirante al Congreso? Pues enviando a un auténtico “hombre de negro” (un Dylan McDermott parodiándose a si mismo) como director de su campaña, para que le endurezca, por ejemplo, enseñándole como hablan los hombres a base de ponerle viejas películas de Burt Reynolds.
Completan el reparto las brillantes Katherine Lanasa, como ambiciosa mujer del candidato Brady, y que sólo está con él mientras es un ganador; y Sarah Baker como la cándida y angustiada Mitzi Huggins, esposa de Marty Huggins (Galifianakis), y a quien Cam Brady (Ferrell) intentará seducir.
En definitiva, En campaña todo vale es una comedia cien por cien estadounidense (“americana”, que dirían ellos) tanto en la forma con el fondo.
Lo es en la forma, porque es una comedia-espectáculo de ochenta minutos de duración con final feliz; porque está impecablemente hecha, y porque sólo piensa en el ritmo y en el impacto en el espectador, y tanto han recortado el montaje final que casi han convertido el tráiler en un catálogo de secuencias eliminadas y alternativas. Por cierto, AVISO, no lo véais porque destripa las secuencias más divertidas de la película.
Lo es en el fondo, porque relata, una vez más, la historia de un don nadie, un ciudadano del montón, con su pequeña vida y sus pequeñas manías, a quien le es ofrecido un sueño americano envenenado, y que debe transformarse en héroe para salvarse a si mismo y a su entorno. Y porque toda la historia se desarrolla en el más estadounidense de los trasfondos (además de Vietnam o el High School): la carrera por las elecciones.
Pero sobre todo es una muestra de algo que sí hacen muy bien los “americanos” y aquí se nos da fatal: reírse de ellos mismos con talento y con absoluta libertad y denunciar, sin tapujos y en la pantalla grande, el lado oscuro de su sociedad capitalista. En campaña todo vale es una comedia divertidísima, pero con un trasfondo sobrecogedor: el mundo está en manos de “ambiciosos hijos de puta”, citando la frase que cierra la película.
Así que el final feliz se agradece, por lo que tiene de imposible en el mundo real: los Mercados al banquillo, juzgados por el pueblo que los ha sufrido, y que, gracias a esta película, se puede reír a carcajada limpia de todos ellos.
Alerta de párrafo sesudo y con spoilers del final de la película
[toggle title=”Click (Mostrar/Ocultar)”]Por añadir un párrafo gafapasta, queda apuntar que, en opinión del que esto escribe, el tema de fondo de la cinta es nada más y nada menos la identidad. Cam Brady (Ferrell) entra en barrena no por miedo a perder, sino porque si pierde dejará de saber quién es, porque él es Congresista, y no se imagina ser otra cosa. Marty Huggins (Galifanakis) es obligado a dejar de ser quien es para ganar la batalla política y eso está a punto de costarle su felicidad. El hombre de negro Dylan McDermott al final resulta ser un prófugo internacional con varias identidades. Los hermanos Molch son dinero, perdieron su humanidad hace tiempo, y quieren transformar la identidad del estado de Carolina del Norte. La criada china del padre rico de Galifianakis habla perfectamente inglés, pero es obligada a “hablal con acento de inmiglante”. Los votantes y las encuestas se guían por las apariencias de identidad de los candidatos. Y curiosamente, cuánto más grande (y humana, y por lo tanto auténtica) es la putada que le hacen al contrario (acostarse con su mujer, dispararse, etc…) más suben en las encuestas.
A golpe de chiste se denuncia la represión de la identidad que se sigue padeciendo en la sociedad actual. Los candidatos tienen que ser perfectos a ojos de los demás, todos queremos ser perfectos a los ojos de los demás, pero ¿quién es perfecto? ¿Quién no tiene alguna manía, secreto o perversión? El triunfo del héroe Huggins radica en darse cuenta de que perder su identidad sólo le lleva al abismo. Y por eso renuncia a venderse, renuncia al poder en un enfrentamiento directo con su todopoderoso padre y, en un último esfuerzo por ganar honradamente, confiesa todos sus pecados en un spot que conmueve a todos los espectadores, y todos empiezan a sincerarse con sus seres queridos, revelando y liberando su verdadera identidad. Y este hecho, lejos de provocar la catástrofe, resulta liberador y curativo. Y es más, el cambio definitivo en el personaje de Ferrell se produce cuando Galifianakis se desnuda físicamente ante él en plena gala de investidura, para enseñarle las bestiales cicatrices que aquel tobogán oxidado le dejó de niño. ¿Dónde reside nuestra identidad? En nuestra infancia. “Recuerda el niño que fuiste, recuerda tus sueños y tus ilusiones”, le está diciendo, con su desnudez, el derrotado Huggins al personaje del Ferrell. Es en ese momento y no en otro cuando Ferrell recupera su identidad, la del niño que se metió a delegado de clase para que sus compañeros dejaran de mutilarse en los columpios rotos.
Estados Unidos ha perdido su identidad en unos procesos de elecciones que son más un show que un auténtico debate sobre los temas importantes. No importa el mensaje real. Asi que la democracia también ha perdido su identidad, porque sus máximos exponentes han perdido la suya por el camino, y la han convertido en una máscara que, de tanto quiere agradar, al final repugna.¿Y quién está detrás de la pérdida de identidad de países e individuos? Los hermanos Molch. Es decir, el dinero.
El dinero quiere mano de obra barata para incrementar beneficios, porque el dinero sólo quiere una cosa: más dinero. Y la identidad individual es el mayor de los obstáculos en ese camino de avaricia. El increíble final de la cinta es una ensoñación, una alegría ficticia que sólo puede permitirse la comedia que, fiel a su identidad, debe entretener y hacer pensar. ¿No nos gustaría que los líderes fueran sinceros? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a desnudarnos y mostrar nuestra identidad? Si el personaje de Galifianakis puede luchar, ¿no podremos cualquiera de nosotros?[/toggle]


